Es el cuarto día solo en casa, mi hermano ya no me
rompe más las bolas, mis viejos se lo llevaron de vacaciones por sus
"mejores promedios", tampoco los extraño. Y yo, que siempre desapruebo
todo, hasta educación física. Estoy acá, aburrido y un poco molesto de estas
normativas familiares, preparándome una sopa de verduras un muy caluroso día,
ideal para birrita en la plaza sentado en el pasto. El barrio La Porteña cerca
de la ruta se caracteriza por ser increíblemente tranquilo y silencioso ¿Señales
de personas durmiendo siesta? disfrutando de la reciprocidad del silencio que
habilita el buen dormir. Lástima que tuve que usar hasta la última moneda que tenía
en un paquete de fideos. No tenían mucha variedad, terminé comprando esos
fideos para sopa de letras, para comer y aprender.
En la tele no hay nada nuevo, me quedé viendo capítulos
nuevos de los Simpsons. La sopa ya debe estar templada, la deje enfriarse unos
quince minutos pero ¿Sera suficiente? ¿Se puede hacer helado de sopa de fideos
de letras?
No quería darle más manija, ya fue. En el momento en
el que me metí la primera cucharada, Homero y Bart hablaban raro. Cambié de
canal para ver qué onda, y de nuevo se escuchaba raro. Entonces le entré de
nuevo a la sopa pero esta vez me metí cucharadas hasta que no me entraron más,
y cada vez los personajes de la tele y hasta yo, perdíamos el hilo de lo que se
decía, como si nos trabáramos al hablar, como si faltaran partes del decir,
partes fundamentales por alguna razón. Ya no podía dialogar con migo mismo, no
encontraba la forma, las letras y las palabras desaparecían cada vez que
tragaba fideos de letras. Mi yo interior y la televisión estaban como en otro
tono, un idioma que cada vez que sopeaba, se limitaba más y más. Cuando
quedaron dos cucharadas, levanté el plato y me trague todo el contenido
restante, trague y trague desesperado, ahogándome con pedazos de verduras,
letras y un caldo muy salado.
El lenguaje se enmudeció, no entendía bien por qué,
pero tampoco lo podía preguntar, un enigma que por falta de ya no sé qué, convierte
mi realidad en una retórica inconclusa, sin cuerpo semántico; como si estuviese
inexistentemente existiendo, como si estuviese siendo sin poder decir que
soy, como si faltara eso que hace a este cuento, un cuento. Me quede inmóvil,
mirando absorto sin poder pensar, sin poder dialogar con migo mismo, mirando el
sinsentido de esta nueva realidad, hipnotizado por ese casi vacío plato, de
sopa de letras sin letras.