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lunes, 2 de febrero de 2026

Ojos en la niebla

   Desde jovencita mis maestras de escuela y jardín me tenían en poca estima, ya intuían cierto cinismo en mí, un cinismo infantil si es que eso existe, cualidad que fue aumentando resultado de la relación infructuosa con mi contexto próximo, al cual siempre le hui, conforme con mi individualidad.

  Para mi familia eso no estaba bien, “sos una joven agradable e inteligente que merece tener amistades” repetían constantemente, o “te la pasas escuchando música y leyendo sola ¿No te aburrís de eso?”.  Hace aproximadamente un año atrás, en épocas otoñales, se realizó un café literario, el primero para mí, organizado por uno de los talleres artísticos a los que me aventuré participar, soy de esas personas que piensan que el arte está más conectado con lo que se es, que con lo que mostramos ser.

   El taller a cargo del evento mencionado me vino como anillo al dedo, un espacio en términos relativos entre lo social y lo inalienable. En todos los meses que fui apenas habré hablado con dos o tres integrantes, el profesor apenas si recordaba mi nombre.

  Lo trascendente de aquel día fue algo totalmente inesperado, aproximadamente a la mitad del evento se presentó Lara Prodan, autora con la que conecté al instante. Apenas mis ojos color café se encontraron con los suyos de un verde amplio y enigmático, sentí que de alguna forma éramos iguales.

  Su obra presentada La Gran Niebla trata de un policial victoriano en el Londres clásico/moderno, obra reeditada con una portada alternativa, con la cual, del mismo modo que con la autora, sentí cierta inexplicable conexión.

  Fue en un descuido general, en el que Lara, sus acompañantes en conjunto con estudiantes del taller se encontraron entre conversaciones banas, felicitaciones y ciertos convencionalismos sociales, donde aproveche para tomar uno de los ejemplares de su libro que quedaron totalmente descuidados sobre su mesa, procedí a retirarme argumentando un dolor estomacal repentino.

  Aun con la culpa naciente en mi conciencia, estaba súper contenta con lo acontecido. Escondido en ese acto vandálico inauguraba un juego metafísico con la autora, «si es como yo seguro oculta mucho en su arte, incluso tal vez, a sí misma». Y que el personaje principal de su obra ilustrado en la nueva portada se pareciera a ella, no hacía más que potenciar esa idea.

 

  Después de abandonar el taller por otros motivos inventados, me dedique a leer minuciosamente el libro robado, o desenmascararlo. Intuitivamente encontraba a la verdadera Lara en sus páginas, lo que me permitía en un sentido retorcido, encontrarme a mí misma. Al mismo tiempo, supe que ella es más aficionada a las artes de lo que aparentaba. La música, la pintura y hasta la dramaturgia aparecieron como intentos ahogados pero eficientes de esconderse, comencé a envidiarla por ello, tenía éxito donde yo no.

  Y esa conclusión derivo en mi sutil odio hacia la obra, que en realidad era odio hacia la autora, o a mí misma. Pensé brevemente en devolver el libro, donarlo, regalarlo. Ya sabía la verdad, no había nada en esas páginas que me mostraran más de ella, o de mí. Decidí tirarlo, ahogarlo en el primer charco de agua que aparezca, que nadie encuentre algo en el que no quiera encontrar, que se esfuerza por ocultar. Esa misma noche me dormí decidida, hace mucho no encontraba el sueño tan reparador.

 

  Al despertar el ambiente de mi habitación estaba bastante húmedo, no le di importancia, algo normal siendo las cinco de la mañana, pero al abrir la puerta de la sala que da a la calle, cierta incomodidad surgió dentro de mí. Una niebla espesa azulada lo cubría casi todo,  apenas se podía ver unos metros por delante, y era difícil respirar. Mis pensamientos pesimistas comenzaron a atar líneas de probabilidades a una velocidad atroz, mientras saludaba a mi mamá recién levantada desde la ventana. A media cuadra de mi salida saqué el libro de mi morral, caminando torpemente entre la niebla, forzando la vista empañada en búsqueda del lugar más propicio y destructivo para el papel. Entonces un escalofrió y una sensación, sentí que alguien me observaba, incluso a través de la densa niebla. Caminé más rápido. Agitada me detuve con todos los sentidos en alerta, comencé a temblar cuando escuche la cadencia de una bicicleta acercándose. Mi vista periférica encontró fugazmente el origen del sonido: una persona desde una bicicleta inglesa con canasta se percibía en la grisácea oscuridad, con un leve destello esmeralda a la altura de sus ojos.

Empecé a correr a zancadas, en algún punto sin notarlo solté el libro en completa agitación, intentaba encontrar algo más que niebla, o a alguien. Lo único que escuchaba además de mi respiración era el sonido metálico del pedaleo. Me abrumaban mis pensamientos, no le encontraba sentido, incluso llegue a deducir que aún estaba durmiendo, en una pesadilla alimentada por la culpa.

  El pedaleo se detuvo, me tape la cara con mis manos temblorosas, sobremanera temerosa. Tenía que despertar, me esforzaba para hacerlo.

  Una mano se posó suavemente en mi hombro.

—No me pediste que te lo firmara. —una voz suave y musical se escuchó frente a mí, fina e inquietante, conocida.

  Baje mis manos lentamente, al abrir mis ojos un poco entumecidos vi a Lara entre la niebla, sosteniendo el libro robado, con sus ojos verdes punzantes, penetrantes, destellantes,  en completo equilibrio desquiciante, leyendo mi interior, viéndolo todo.

  Viéndome a mí.  




Leer sin receta médica

 


El ladrón de libros

    P or suerte la Casa de la Cultura me quedaba re cerca, mi mamá no me dio pelota, me anoto a lo que ella quiso. Llegue temprano al taller...