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jueves, 28 de abril de 2022

El chico llamado Sapo

   Un viento frio y húmedo hacia bailar incansablemente el pelo de Camila, ella caminaba trastabillándose y levantando pedazos de tierra escarchada, lo hacía sin rumbo fijo, en búsqueda de cualquier lugar, de cualquier otra persona. A unos 150 metros ve una casa estilo colonial; toda de madera, con techo vivo y evidencias de falta de pintura exterior. Un tipo de viviendas rurales común en Sierra de la ventana, entre Villa Ventana y Saldungaray podría fácilmente encontrarse con este tipo de casas, rodeadas de árboles altos y delgados, calles secas y muchos alambrados. Una especie de llanura entre las altas montañas y el mar.

  Camila se acerca lentamente a esa casa, «El chico llamado Sapo no me puede encontrar acá» piensa, mientras palpaba su camisa blanca, comprobando que la sangre que tenía aún estaba húmeda, al intentar pasar por el portón exterior, que a diferencia de la casa estaba mucho más cuidado, golpea su muslo izquierdo y cae al piso, Camila grita de dolor y se agarra con ambas manos su herida pierna, siente los dos cortes y los aprieta para impedir que vuelvan a abrirse, uno era superficial y apenas molestaba, pero el otro, más cercano a su ingle, latía, ardía como fuego.

  Una pareja de ancianos, sale por la puerta principal de la casa, curiosos por los gritos que irrumpían su silencio cotidiano, se acercan al origen de los ruidos, encontrándose con la joven muchacha, transformada en un ovillo formado por una camisa de seda, color rojo y tierra de un incesante dolor. 

El anciano, que aparentaba una juventud en su carácter distinto al de su físico, dice.

—Mija, ¿que lea sucedido? Levántese que layudamos.

La anciana le da un puntapié, amortiguado por una gastada bombacha de campo y le responde.

—Pero Quique ¿No ve que apenas puede moverse? Levántela y métala a la casa.

  «El chico llamado Sapo siempre me dijo que no confiara en nadie… que solo puedo confiar en mi misma, pero ¿qué otra opción tengo?» piensa Camila, ya con menos dolor, mientras el buen anciano la ayudaba a levantarse.

  Entraron los tres a la casa, primero la anciana, llamada Griselda, seguida por Camila en brazos del buen Quique. El interior de la casa era aún más austero que el exterior, austero pero no simple. Casi todos los muebles eran de madera similar a la casa, había ollas y baldes apilados, herramientas típicas de huerta que se pueden encontrar en hogares donde se produce lo que se come.

—Tengo que ir... Al pueblo... Los mató, a todos— Lagrimas cargadas de tierra empezaron a caer por la cara de Camila. Los ancianos se miraron por un segundo, Griselda ya tenía un trapo sucio pero húmedo, con el que intentaba sin éxito, limpiar la camisa de la joven, Quique se rasca la cabeza, pensando.

—Pero mija, cálmese un momento, cuente… ¿Cómo es su nombre? Tome un poco de agua y cuente— Quique le acercó un vaso de cerámica con agua fría, Camila se lo tomo sin pausa, y se lo devuelve, «gracias» piensa.

—Me llamo, mi nombre es Camila… soy guía turística… en la ventana. El chico… el chico llamado Sapo los mató, no dejo a ninguno vivo, se reía, lo gozaba y yo… apenas pude escapar— Camila piensa «Me dejó escapar»

—Necesito un teléfono, llamar a la policía, a la guardia municipal, a quien sea.

—No tenemos teléfono aquí, ni luz hay, andamosle viendo a vela y lámpara.

 Respondió la anciana mientras leía disimuladamente, el gafete apenas legible que portaba la muchacha (Camila Figueroa- 22 años- Guía femenina Estancia “Los Recovecos”).

  Inmediatamente Quique agrega entusiasmado —Yo tengo la chata, te puedo alcanzar a la YPF que está a unos 10 minutos, masmenos.

  «El chico llamado Sapo no me puede encontrar acá, estas pobres personas, tengo que salir, irme, cuanto antes» piensa Camila antes de responder —Si por favor, ¿Podría lavarme la cara primero?

—Pero si, mientras la chata calienta el motor, Gri preparale algo de ropa abrigada.

  La anciana se dirige a pasos rápidos hacia la única habitación, mientras Quique busca las llaves de su camioneta entre sus herramientas desparramadas por la mesa que daba a la ventana.

  Camila se pone de píe y se acerca a una palangana enorme de agua, que probablemente se usa como “lavadero”, había cubiertos lavados a un costado, una toalla manchada de grasa cerca, un pequeño espejo colgado en frente. Mete sus manos temblorosas en el agua, que estaba tibia para su sorpresa.

  Camila se mira al espejo. Piensa… «Sapo, no les hagas nada… acá estoy yo, me tenés a mí, te lo pido por lo que más quieras».

  El reflejo de Camila en el espejo deja de temblar, se vuelve frio, los ojos de la joven se vuelven saltones y endurecidos, Camila comienza a sacar y meter su lengua, como un TIC involuntario que hasta ahora, no se había visto. Del bolsillo derecho de su pantalón, saca un cuchillo repleto de sangre seca y espesa. El reflejo de Camila en el espejo, se mira a sí misma y dice.

—Hola Cami, te encontré… lo lamento, ellos ya me vieron, no me queda otra opción.

jueves, 21 de abril de 2022

La lluvia de siete días y el gorrión en un árbol seco

  Una frase poco común dice que mientras llueve los pájaros no cantan, se quedan en sus nidos protegiendo a sus huevos o dándose calor entre ellos, que solo salen a cantar próximo a la salida del sol, como un aviso de sequedad. Hoy es cuatro de octubre, séptimo día de una lluvia que no para, por momentos se vuelve torrencial y ventosa, por otros se vuelve delgada y fría, nunca se detiene.

  El servicio meteorológico de Buenos Aires no informa nada al respecto, esquiva el tema sin dar indicio alguno, tal vez los más supersticiosos le crean a él, a ese gorrión que incansablemente sale a cantar todas las tardes, desde el primer día de lluvia se lo vio, en la rama más gruesa del árbol seco, de esos que se ven alrededor de La Rotonda De Las Mujeres, que le dan a Canning un aire de melancolía que se potencia con la lluvia de siete días.

  No se sabe si el pequeño gorrión adora las duchas, si canta de felicidad por amor a la lluvia, si busca a alguien que no regresó. La única prueba, el único indicio es verlo, día a día, entre las cuatro y las cinco de la tarde, cantando en la rama más gruesa de un árbol seco.

  Tal vez la pregunta más sensata con respecto al gorrión, no tenga que ver por sus razones, sino por las nuestras en saber las suyas, la curiosidad humana que racionaliza y estropea los sinsentidos, el caos ordenado del que somos testigos. Llovió siete días porque sí, y el gorrión canta en la rama del árbol más seco porque sí también. La belleza de esta desordenada sucesión de acontecimientos simples pero complejos, es probablemente una de las síntesis más claras de lo abstracto.

  Y qué final más poético se le puede dar a este cuadro vivo natural, cuando este día cuatro de octubre, pasadas las cinco de la tarde no había ni rastros de nuestra pequeña ave en la rama más gruesa del árbol seco de siempre. A eso de las cinco y cuarto, el ruido de la lluvia comenzó a desaparecer, ases de sol empezaron a abrirse paso por las ya muy delgadas nubes, dejándonos ver la espalda mojada del incansable gorrión cantor, junto a un brote de muchos, de la rama más gruesa de su árbol.


El ladrón de libros

    P or suerte la Casa de la Cultura me quedaba re cerca, mi mamá no me dio pelota, me anoto a lo que ella quiso. Llegue temprano al taller...