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domingo, 30 de octubre de 2022

La lógica atípica de nosotrxs y el lenguaje

A días de la segunda edición de la Feria del Libro de Ezeiza, en las cercanías del recién inaugurado Paseo La Trocha, sucedió una conexión de dos eventos aparentemente inconexos, que sacudirían viejas concepciones sobre una de las herramientas simbólicas más trascendentes de la historia humana.

Mario Gaspar Salo, uno de los invitados a dicho evento literario y además ganador del premio Nobel en Literatura, había arribado días antes a Ezeiza, para escribir una presentación como apertura de la Feria.

Su disertación iba a tratar sobre la naturaleza inamovible y sagrada del lenguaje, en la que cualquier tipo de cambio o de variable propuesta por aspectos socioculturales se trataba justamente de una falencia social, de uno de los errores más infravalorados de los esquemas educativos —Escuela pública, claro está— que contaminaban las formas lingüísticas más puras, tan propias de la vasta inteligencia del hombre.

Mario repasaba su discurso en un sorprendentemente cómodo banco de plaza, recientemente instalado, sin compañía alguna más que un par de perros, cuando vio que un hombre adulto se sentaba en un banco frente a él. Saco de gabardina, canas color ceniza, cargaba un libro enorme. El Psyche, de Derrida, pensó Mario.

—Buenos días —saludó el recién llegado—, ¿es usted Gaspar Salo? Mire donde lo vengo a encontrar. ¿Viene a la Feria del Libro de Ezeiza?

—Buenas, sí —respondió Mario, marcando con su dedo índice el reglón de su discurso donde fue interrumpido—, justamente ahora estoy repasando notas. Muy ansioso, la verdad. Por lo que veo, es un asiduo lector. —Con un movimiento de cabeza le señaló el libro—. ¿Podría decirme su nombre?

—Mi nombre es Jacques, y no solo leo incansablemente, también pienso sobre lo que leo, cómo leo, cuándo y demás cuestiones que deberían ser tomadas en cuenta. —Jacques hizo comentarios sobre los últimos libros de Mario Gaspar Salo, ensayos sobre lo indebido de los laboratorios literarios contemporáneos, sobre todo el libro ¿Y por casa como hablamos? que de sus últimas publicaciones es la más crítica hacia los ámbitos sociales del habla.

—Veo que usted conoce mis últimas opiniones. —No era ni la primera ni sería la última vez que a Mario lo increpaban por sus ideas puristas sobre la literatura—. Noto cierta oposición, claro está.

—No es oposición, más bien un cuestionamiento. Oposición seria la postura de algo opuesto, de algo contrario. Como decir que la mentira es opuesta a la verdad... Mi principal cuestionamiento es su concepción de la palabra naturaleza.

—Conjunto de las cosas que existen en el mundo, que se producen o modifican sin intervención del ser humano.

—El lenguaje es, como usted sabe, una herramienta, un conjunto tecnológico, metafísicamente hablando. Asimismo la tecnología es la transformación y manipulación de la naturaleza, cuando la convierte en bienes en pos de lo humano, del progreso o lo que se entienda como tal. Por lo tanto…, tratar al lenguaje como algo natural es totalmente antilingüístico, si se considera al lenguaje no solo como producto sino como parte de la condición humana. Dicha naturaleza recae también en la naturaleza humana, naturaleza que cambia a lo largo del tiempo y de los hechos.

Mario Gaspar Salo dudó, por un segundo tuvo la sensación de que ya había escuchado algo así en uno de los pensadores de antaño, de la materia Filosofía y lingüística, en la carrera de Letras.

—Puede que tenga razón. Pero, dependiendo del punto de vista antropológico del que se posicione y de las raíces de las cuales prefiera aferrarse, hay cierta imposibilidad o resistencia en esas raíces a mutar.

Un par de palomas monteras se posaron sobre el banco de Jacques, quien seguía mirando con el ceño fruncido a su consagrado interlocutor.

—Utilizar teorías darwinistas de la evolución para defender un esquema no-mutable de algo totalmente construido de variables es preocupante. Espero, sinceramente, que vuelva a repasar no solo sus notas… Sus ideas, sus posturas e ideales requieren dejar de ser intempestivas. La historia ha demostrado que la resistencia produce rebelión y que las especies que aceptan el cambio son las que sobreviven.

Mario se quedó observándolo.

—Hay algo en usted que no deja de resultarme familiar… —Mario no podía apartar la mirada del libro que su interlocutor sostenía. Psyche le recordaba a cierto filosofo lingüista del cual la frase nada hay fuera del texto representaba tanto la sustancia de tal filósofo como el dilema propio del momento.

Unos perros comenzaron a pelearse cerca de ellos. Guiado por el tumultuoso matiz de ladridos, Mario buscó el conflicto. Cierto aire a su ciudad natal y su recorrido en la escuela militar se hicieron presentes. Al instante regresó la mirada al frente, y se encontró con el banco vacío. En su mente comenzó a gestarse un sentimiento de culpa y de conflicto, aun seguro de su postura y de sus bordes.

Es entonces el suceso y este cuento, los dos eventos mencionados al principio, son eventos, y al menos uno puede confirmarse. Eventos que proponen una nueva forma de relacionarse con las palabras y todo lo que ellas representan —que, justamente, lo representan todo—. Sea del lado que sea, en donde se posicionen, los cambios son tan innegables como la necesidad del hombre por lo inmutable.


miércoles, 5 de octubre de 2022

Asesinato en el Aeropuerto Internacional de Ezeiza

  ¿Hay algo más triste que una aproximada medida de whisky, camuflada en una taza de viaje de un MacCaffe… para acompañar la medialuna más insípida e insoluble que probé; en diez y seis años como detective; un lunes a las nueve y monedas de la mañana? Aerolíneas argentinas nunca se destacó por su excelente servicio. No es ni la primera ni la última vez que voy a sufrir o disfrutar (dependiendo del punto de vista filosófico) de estas características. Trato de sacudir, de despejar los pensamientos que me atormentan desde la noche anterior, y se arriman con la misma intención ahora mismo. Las voces de mis hijas repitiendo “no te vayas papá” “¿nosotras tenemos la culpa?” “mamá dice que te importa más tu trabajo que nosotras”. Esos ruidos convierten lo que estoy tomando en agua con sabor a malta, que pasa por mi garganta. Su funcionalidad se pierde, no me deja escapar. No cumple su función. No es suficiente. 

— Buenos días… ¿Desea beber algo de nuestro servicio? — Pregunta una mujer muy hermosa, vestida de azul, con una expresión tan plástica como el vaso que yo sostenía. 

— No… gracias... ¿podría preguntar a qué hora despegamos? 

— Dentro de veinticinco minutos, vamos a estar avisando por el altavoz… que tenga un excelente viaje… estamos a su servicio. Mientras se iba a la cabina me perdí en ella; en la parte baja de su espalda, viéndola caminar, un burdo intento de no pensar, un algo extra para ayudar al alcohol que había tomado. 

— Le miraste el culo a la señorita… — escuché desde mi lado derecho. Doy la vuelta la cabeza y veo a un niño, morocho, de ojos grandes, ropa gris y negra… ¿combinación extraña para un niño tan pequeño tal vez? 

— Hola. No para nada, justo note que tenía rota la camisa, pensaba si decirle o no…— me esmeraba demasiado por disimular algo tan obvio a un niño, entonces tal vez, el whisky si comenzaba a surtir efecto. 

— Ah entonces está bien; yo se lo diría, para que pueda darle la camisa a su mamá y que se la arregle, ¿a usted su mamá le arregla la ropa? A mí no, mi mamá tiene cosas más importantes que hacer. Siempre que se me rompe algo, me compran ropa nueva y listo, bueno así con todo, ropa, juguetes, lo que yo quiera. Pero qué maravilla, este chico en quince segundos hizo lo que el alcohol y un buen cuerpo no pudieron hacer juntos. Ya está, ya estoy disperso de nuevo, es tiempo de revisar el expediente. 

— Muy bien, ¿tu papá o tu mamá están sentados por acá cerca? — dije mirando para todos lados. 

— Mi papá está en primera clase. Es cirujano, tiene mucha plata, pero como me porto mal me hace viajar acá, para que aprenda de gente que trabaja y se esfuerza, para que haga lo que tengo que hacer… y sobre todo para que no moleste. Me quedé mirándolo un segundo bastante largo, hubo algo en esas palabras que me hicieron ruido. Sentí un poco de lastima por él, seguida de una lástima más grande hacia mí mismo. 

— ¿De que trabaja usted señor? Tiene cara de cansado, cara de estrés… cuantas arrugas… mi papá estaría horas trabajando en su cara, arreglándolo. 

— Soy policía y ahora me tengo que poner a leer algo importante, ¿No hay ninguna película para que veas y te entretengas? — Lo último que dijo me molestó, mocoso irrespetuoso. Ya estaba empezando a caerme bien. No tengo ningún problema con darle un coscorrón si se lo busca. Aunque mientras pueda evitarlo, sería lo mejor. 

— Las películas que pasan son todas para nenes, no puedo ver las que yo quiero. Bueno en mi pieza si las veo pero acá no, no puedo. Tengo hambre aparte, bueno no hambre hambre, quiero caramelos pero mi mamá dice que se me van a caer los dientes si no como verduras antes de los caramelos ¿Querés? Tengo estos que le saque a mi papá. — empezó a sacudir una cajita de TicTac, manteniendo una expresión en su cara tan irritante y traviesa que estuve a punto de gritarle. Tome aire, muy profundamente y le dije 

— No gracias recién desayune. No puedo comer golosinas, hacen mal. 

Abrí mi laptop y empecé a repasar las notas sobre el caso. Se trataba de una seguidilla de muertes extrañas alrededor del aeropuerto de Ezeiza, en principio sin relación alguna, hasta que la cantidad y la espontaneidad en la que los cuerpos que eran encontrados, llamaron la atención de las fuerzas de seguridad, tanto locales como internacionales. 

 “Una mujer joven fue encontrada muerta en el baño del segundo piso del Aeropuerto, un hombre de mediana edad fue encontrado en la parada de colectivos, sin vida desde al menos tres horas de haberlo encontrado, una niña aparentemente dormida, fue declarada fallecida en el interior del taxi en el que habían subido al llegar de un viaje desde Suecia. Este punto era clave, todas las personas fallecidas habían regresado o viajaban a la Argentina desde ciudades importantes. Las pericias aun no estaban claras tras ser un caso muy reciente. Yo siendo un oficial reubicado en las oficinas de Estocolmo, me dirigía a Ezeiza como traductor y representante de mi doble ciudadanía.” 

— ¿Estocolmo es la capital de Suecia no? — Casi había logrado olvidarme del mocoso, hasta que volvió el ruido de su cajita de TicTac´s, sus ojos grandes molestos y mis ganas de golpearlo. 

— Si, se nota que sabes mucho… que sos inteligente. Esto que estoy leyendo es “cosa de adultos” ¿Te puedo pedir por favor, tan inteligente que sos, de no leer esto? 

— Mmmm bueno, pero solamente si me pone una de las películas que quiero ver. No lo dude ni un segundo… Abrí la pantalla que tienen los asientos, pantallas táctiles muy duras y cargadas de estática, y desbloquee “capítulos estreno de Dexter”. Para ser una serie no creo que sea tan explícita. Lo que sea para tener tranquilidad, para volver a intentar distraerme. 

— GRACIAS, es usted un buen hombre, con razón mi papá me hace viajar en Business, tome le regalo un TicTac… Tiene olor raro en su boca, me hace acordar a mi papá cuando se queda dormido en su oficina. La acepto como cuando uno acepta los términos y condiciones de una aplicación, rápido y sin leer, sin pensar. Con la inmediatez al extremo. 

 El viaje continuo tranquilo, pude leer el resto del informe, mirar por largos ratos las fotos de mis hijas en la galería de mi teléfono, dormitar unos segundos. Todo en extrema paz. No sé qué tendrá esa serie televisiva en particular para ser tan hipnótica, totalmente agradecido a la Aerolíneas de tenerla disponible. 

 Llegamos a Ezeiza a las doce y cinco de la madrugada. No tenía sueño y sabiendo que la PSA maneja turnos vespertinos, me dirigí directamente a las oficinas. Pase antes por los baños a orinar, lavarme la cara y aparentar prolijidad. No tenía a mano ni peine ni cepillo de dientes, por lo tanto trate de armar una especie de peinado extraño con mis dedos, y fue el TicTac del insoportable niño, el responsable de refrescar mi batallado aliento.

 Salí del baño re-abrochando mi cinturón, cuando por inercia mastique la pastilla sabor a menta artificial. Un gusto totalmente diferente inundó mi boca, mis ojos empezaron a llorar, la nariz me dolía, perdía fuerzas al caminar… Pedí ayuda en un ahogado grito que solamente resonó en mi mente, no en palabras. Me agarre como pude de una columna, un hormigueo me recorrió el cuerpo tan rápido y tan intensamente, que no logré pensar en nada; ni en volver a pedir auxilio, en seguir sosteniéndome de algo, ni siquiera en mis hijas. Lo único que apareció en mi cabeza mientras se apagaba, fueron sus dos grandes e inocentes ojos.

El ladrón de libros

    P or suerte la Casa de la Cultura me quedaba re cerca, mi mamá no me dio pelota, me anoto a lo que ella quiso. Llegue temprano al taller...