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jueves, 15 de junio de 2023

Inmortalidad en las palabras

 El color negro es un muy buen aliado de los ciclistas, sobre todo en las mañanas frías e intensas de junio. Así pedaleaba, todo de negro, incluso la bicicleta estaba bañada de este color tan sobrio. Me dirijo al hogar de mi pareja, cortando paso por los bordes del Cementerio Municipal de Ezeiza, donde abruma la solemnidad, sin semáforos, tráfico, o cualquier vestigio demasiado urbano, demasiado humano en realidad.

 En el punto medio del recorrido me encontré reflexionando luego de un evento prototraumático, mientras el viento hacía bailar cientos de semillas de flores silvestres, acompañaron mi visión hacia las verdes y coloridas tumbas tan contrarias a mi vestimenta. Al contemplarlas, sistemáticamente ordenadas, comencé a pensar en el tiempo, en las personas, los propósitos, en los mandatos, en los cambios, en lo que es y lo que fue; cada pedaleada añadía algo más al hilo de pensamiento. ¿Cuánto falta para que mi cuerpo termine en este lugar? Una pregunta que casi había olvidado, reemplazada por alguna distracción rutinaria, eso que hacemos para justificar que estemos siendo algo que existe.

 El silencio del lugar, interrumpido por la cadena de mi bicicleta, fue abrasado por mi sentencia. Sería totalmente ingenuo buscar algún tipo de respuesta dentro de mí que no sea la lógica y racional: sé con toda certeza que en algún momento, tarde o temprano, ahí voy a estar. Y al mismo tiempo, en ningún lugar.

 Quizás estas palabras sean lo único que quede de mí, junto con todo lo que escriba, con todas las palabras que se conviertan en algo propio, mi esencia simbólica, mi alma alfabética codificada en cuentos, en universos que surja de mis pensamientos. Cada vez que se lean en algún posible libro, en los borradores que ya comencé a archivar, en algún cuadro de un familiar, en este mismo momento mientras lees este mismo cuento, envolviendo huevos de algún almacén o consumidas por un fuego de domingo. Existirán entonces como algo vivo de mí, al menos hasta que termine, además de mí mismo, todo lo demás.


El ladrón de libros

    P or suerte la Casa de la Cultura me quedaba re cerca, mi mamá no me dio pelota, me anoto a lo que ella quiso. Llegue temprano al taller...