A mis iguales en el oficio profesional del buen enseñar, me encuentro obligado a recordarnos la importancia y trascendencia en su accionar.
Es en su lenguaje y sus palabras en las que quiero hacer mayúscula. Porque son estas, parte de nuestra identidad, son nuestra historia, son un registro de lo que hicimos y de qué modo... una representación nuestra en tinta y carbón.
Es entonces vital que prestemos atención y cuidado... un buen uso que nos enorgullezca en su humildad. No debemos olvidar que los símbolos también tienen fuerza y pueden lastimar... y las cicatrices que quedan invisibles, en las mentes resonaran, desafinando nuestra deontología, debilitando una práctica esencial.
Recuerden también que la misma luz que en su preparación alimentan, no es solamente suya. Siempre debe molestarles, al entrar en las aulas, la luminosidad a la vista... aun con las ventanas cerradas.
Si estamos predispuestos a esto, si hacemos uso del lenguaje con consciencia y sabiduría, es entonces cuando tendremos las bases, los mejores cimientos... para nuestra tan amada actividad.
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