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sábado, 9 de diciembre de 2023

Memorias del último ermitaño

·         En las infancias típicas, la mayoría de los sueños/deseos a lograr/alcanzar, suelen variar entre lo posible y lo mágico. Qué pasaría si en un determinado punto de la existencia humana, lo mágico fuese típico. A los seis años de edad, tuve un sueño en el que me encontraba solo en el mundo, el último ser humano de la tierra, lo que para mí significaba la única forma de alcanzar la máxima felicidad. No sabría decir si esto entra en las matices de lo raro en términos psicológicos. Para clasificar algo como raro hay que empezar por clasificar lo normal, y claramente  nada de mi ser encaja con ese término. Se podría decir que mi niñez fue de esas causalidades caóticas en las que convergen y se entrelaza todo lo necesario para  cumplir mi deseo del YO ansioso de soledad.

·         Llegue a mi adolescencia, de la misma forma extraña que en mi niñez, el universo me brindó todas las herramientas y las posibilidades para realizarme, de una forma tan burda y descarada, parecida a una copia exagerada de The Truman Show. Obtenía los mejores promedios, habilidades innatas en informática, psicohistoria, ciencias del desarrollo y el aprendizaje, herencia familiar acaudalada. A mis diecinueve años ya había logrado mucho más de lo que la mayoría podría imaginar. Y mientras el mundo se encontraba indiferente de mi poder para darle un orden al caos, yo me encontraba cada vez más hambriento de soledad.

·         Con mi asenso a la adultez, el poder en los niveles más altos de mis facultades, pude dar inicio a la conclusión de mi propósito. Y con esto vinieron nuevas inquietudes, pero antes de abordarlas quiero dejar explicito que; solo fui una herramienta, no soy culpable absoluto del resultado alcanzado por mí mismo. Sigo firme en creer que el universo me brindo el don del control caótico, el cual llevó un tiempo aproximado de once meses, a la extinción completa de la humanidad.

·          En este punto, ya no creo importante o relevante desarrollar como lo conseguí, mi deseo de soledad fue tan grande que ese segmento ni siquiera llega a cumplir con las características de una buena anécdota, solo lo conseguí. Es importante remarcar que fue lo que me iba sucediendo en el proceso, interconectadas sensaciones muy distintas entre sí, que iban desde la nostalgia; el goce; la culpa,; el perdón. No sé si hay una palabra que describa a una persona que borra a toda la humanidad por completo, me viene a la mente “asesino masivo” pero no estoy tan de acuerdo con ese término, no fui yo el que actuó, solo maquine los hilos. Identificándome como ermitaño, el último de ellos, tuve el control completo de la existencia. Comencé a cambiar el nombre de las cosas, la ética y la moral se transformaron en material arqueológico. Desarme las costumbres, desintegre la otredad. Me quede por fin absoluta y felizmente en pasiva soledad.

·         Los últimos y más deliciosos años de mi vida como ser humano llegaron al fin, fueron estos momentos en los que mi control del orden caótico me pusieron encima de la pirámide de la existencia. Me llegue a considerar lo más cercano a un dios, solo cuando me alimentaba categorizaba el alimento, solo cuando me vestía, le daba a la ropa su razón de existir, una vez que muera, todo lo demás también se irá con migo. No de forma física, pero sí de forma simbólica. Porque de eso se trató todo este tiempo. Desprenderme de la subjetividad y de la objetividad es, para mí, la máxima expresión de poder, en la que los instintos básicos de preservación, reproducción y supervivencia, puedan desaparecer. Porque ya en mis últimos momentos ni siquiera fui un ser humano como tal, sin otro que me identifique, que se relacione con migo,  que interactúe. Alcanzar lograr el verdadero libre albedrio expresado en la falta de eso que funciona como contraposición de lo otro. Sin amor no hay dolor, sin esperanza no hay fracasos, sin otros no hay prisión.

·          Fue entonces cuando comencé a terminar de concluirme, cuando decidí dejar mis memorias, las memorias del último ermitaño, escritas en símbolos imperceptibles para el mundo natural en el que me encuentro, no es esa su finalidad, no busco con mis memorias comunicar. Son ellas la última pieza de lo que fue la humanidad. Me expreso entonces de esta forma ahora, no porque esté a punto de fallecer, e decidido darle fin al lenguaje humano, mientras todavía exista no podré estar realmente solo. Y con el último punto de este texto podre despedirme de mi conciencia, mi última compañera, el último vestigio de humanidad que está en mí, y fuera de mí. Con este acto, concluí mi propósito. Mi destino. Un último acto humano, que me sumergió en el verdadero, puro y más perpetuo significado de la soledad. 

viernes, 1 de diciembre de 2023

Los colores no tienen gérmenes

Desde hace algunos días sucede una inconsistencia del comportamiento esperado de una estudiante en los recreos que comienza a propagarse al resto, dentro del gran zapato de fibra de vidrio del jardín de infantes Nº902 "Almafuerte" comienza a gestarse una nueva rama de la filosofía contemporánea: La retórica infantilística, una rama del modelo discursivo de Aristóteles en el cual una idea es disfrazada en cierta confusión lingüística, para limitar la cantidad de subjetivaciones propias del mundo adulto. Francesca Millán es la fundante de esta nueva rama filosófica dentro del partido de Ezeiza, la cual busca conectarse y expandirse a distritos vecinos.
Entre los lunes y los miércoles por la tarde Fran y un variado grupo de infantes, ingresan dentro del zapato del patio a discutir y debatir sobre algún tema en particular; cotidianico, onírico, metafísico, etc. Increíblemente dichos infantes cargan en sus mentes con el conocimiento de referentes, como  Nietzsche, Schopenhauer, Preciado, Derrida o Segato,  Francesca explora sobre ellos en la biblioteca de su tío, aunque algunas veces tiene que pedirle a su hermano que le alcance algún libro en particular, los libros académicos son los que están en la parte más alta de la biblioteca.
Toda esta descripción es, en principio una suposición. Fueron varios los indicios que llevaron a dicha hipótesis, formas en la lectura de Francesca sobre material alfabético, estructuras de comportamiento no-aleatorias, y como base una frase que quedará marcada en la historia de la retórica infantilística; los colores no tienen gérmenes, en el que para una mente adulta el término germen es un error discursivo por intentar decir género,  pero acaso puede significar que el género, como una construcción social, visto desde una perspectiva crítica, es un conjunto de virus o bacterias que pueden causar enfermedades, y transportando el aspecto biológico al psicológico, intercambiando la salud física por la salud mental, la frase “los colores no tienen gérmenes”, tiene sentido.
Después de este enfoque, llego a una sola conclusión: esta nueva corriente filosófica, gestada en las infancias solo puede tener un resultado. Revolución. 

El ladrón de libros

    P or suerte la Casa de la Cultura me quedaba re cerca, mi mamá no me dio pelota, me anoto a lo que ella quiso. Llegue temprano al taller...