El
día llego, aparentemente repetitivo por momentos incluso a la distancia, el
eterno retorno se plasmaba en el tiempo hasta nuestra llegada.
El
primer eslabón fuera de la cadencia rutinaria se dio al bajar del micro. Personas
nuevas a cargo de las cuales, a la mayoría, conocía por primera vez. No estaba
nervioso, estaba muy bien acompañado. Aprovechamos ese mal cálculo para comer
algo y charlar. Para muchos fue un almuerzo, una primera conversación, para mí
fue el sexto pucho del día. Mi encendedor azul del cual tengo recuerdos de
haberlo usado incluso en mi formación docente, ya hace aproximadamente nueve
años, aun funcionaba. Como yo, que, a pesar de la rutinaria salida, con sus
reglas y normas comunes y conocidas, seguía.
La
presentación surgió tal cual se esperaba, con sus microdiferencias, pequeñas
variaciones o simples repitencias. Entonces el grupo se desarmo, pequeños
grupos migratorios, llamados por convicciones casi individuales, algunas
sociales, poco dogmáticas, se aventuraron. Yo me mantuve invariable en mi
quietud, no caminé mucho, no miré nada, no escuche más que mis propios
pensamientos, por momentos peligrosos.
El punto de reunión previo a la partida se estableció y me mantuve en mi aparente infinita tarea de coordinar. Mientras aguardaba el necesario reagrupamiento, entre el cansancio físico y mental, difuminados entre sí, otro cigarrillo se encendió, el encendedor no tuvo dificultades, con sus golpes, las veces que se perdió, las lluvias que atravesó, seguía ahí, inextinguible. Es ahora que pienso “tal vez, en esa espera, podría haber dado alguna actividad, o consigna, para entretener la necesidad desnuda de ser, que se había hecho presente en ellos, o en todos, en nosotros que esperamos”. No sucedió, me sumergí en el agobio y flote, entre personas que recién llegaban, gente que salía airosa y quienes dormían del tiempo a mi lado.
Tal vez lo
anote, y quede como posibilidad para el año próximo, en otra visita a la FIL,
si es que mi encendedor azul, sigue funcionando.