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jueves, 30 de abril de 2026

El encendedor infinito

 

  El día llego, aparentemente repetitivo por momentos incluso a la distancia, el eterno retorno se plasmaba en el tiempo hasta nuestra llegada.

  El primer eslabón fuera de la cadencia rutinaria se dio al bajar del micro. Personas nuevas a cargo de las cuales, a la mayoría, conocía por primera vez. No estaba nervioso, estaba muy bien acompañado. Aprovechamos ese mal cálculo para comer algo y charlar. Para muchos fue un almuerzo, una primera conversación, para mí fue el sexto pucho del día. Mi encendedor azul del cual tengo recuerdos de haberlo usado incluso en mi formación docente, ya hace aproximadamente nueve años, aun funcionaba. Como yo, que, a pesar de la rutinaria salida, con sus reglas y normas comunes y conocidas, seguía.

  La presentación surgió tal cual se esperaba, con sus microdiferencias, pequeñas variaciones o simples repitencias. Entonces el grupo se desarmo, pequeños grupos migratorios, llamados por convicciones casi individuales, algunas sociales, poco dogmáticas, se aventuraron. Yo me mantuve invariable en mi quietud, no caminé mucho, no miré nada, no escuche más que mis propios pensamientos, por momentos peligrosos.

  El punto de reunión previo a la partida se estableció y me mantuve en mi aparente infinita tarea de coordinar. Mientras aguardaba el necesario reagrupamiento, entre el cansancio físico y mental, difuminados entre sí, otro cigarrillo se encendió, el encendedor no tuvo dificultades, con sus golpes, las veces que se perdió, las lluvias que atravesó, seguía ahí, inextinguible. Es ahora que pienso “tal vez, en esa espera, podría haber dado alguna actividad, o consigna, para entretener la necesidad desnuda de ser, que se había hecho presente en ellos, o en todos, en nosotros que esperamos”. No sucedió, me sumergí en el agobio y flote, entre personas que recién llegaban, gente que salía airosa y quienes dormían del tiempo a mi lado. 

  Tal vez lo anote, y quede como posibilidad para el año próximo, en otra visita a la FIL, si es que mi encendedor azul, sigue funcionando.       

martes, 7 de abril de 2026

El asesino de metáforas.

 Mantener vivas las actividades artísticas en estos tiempos mediático/masivos es, por lo menos, un gran reto. Las redes sociales y la condensación de lo que consumimos se constituyen como posibilitantes y, al mismo tiempo, enriquecedores algorítmicos. Hace unas semanas pacte una reunión con Miguel Salvatierra escritor amigo, quien en conjunto con autoras locales organiza encuentros presenciales de poesía en Ezeiza.

Llegue temprano al bar, Migue estaba sentado en una mesa del rincón, con un café a medio terminar.

—¿Qué tal Migue? Me ganaste, suelo llegar primero siempre —Comenté mientras apoyaba mi bastón al costado de la silla y me sentaba.

—Me ganaron las ansias —Me contestó mientras hacía señas a la barra y me señalaba afirmando. —Me advertiste que tenga cuidado con… ¿El asesino de metáforas?

—Lo conocimos en mis primeros años como coordinador del taller literario municipal. —Hice una pausa mientras dejaban un chopp de cerveza Amber Lager en la mesa y Migue me miraba con gesto de “me acordé que es tu favorita”. —Gracias por el gesto. Sí, es un flaco de mi edad, maso de mi altura, cuando teníamos clases de poesía o estructura poética era la reencarnación del cinismo abstracto. Luego de cada lectura, de cada puesta en común de los poemas resultantes de cada clase, su devolución era un continuo sistemático de “desmetaforización” —Tomé un trago largo de cerveza, mientras Migue arqueaba una ceja expectante. —En términos concretos: explicaba los poemas, los inundaba de retórica y lógica, evidenciando desentendimiento.

Migue se quedó mirando un punto fijo, un clavo saliente de la silla sobrante de nuestra mesa.

—Entonces, si nos encontramos con un flaco de tu edad, maso de tu altura, en los encuentros que realizamos ¿Sugerís que tengamos cuidado con él? —Su pregunta aparentaba estar rebosante de subtexto. —¿No tenés un nombre al menos? Para no confundirnos, así como lo describís me suena a vos.

Migue rio elocuentemente, mientras yo me perdía en el fondo del chopp casi vacío, disimulando no haberlo entendido.

 

El ladrón de libros

    P or suerte la Casa de la Cultura me quedaba re cerca, mi mamá no me dio pelota, me anoto a lo que ella quiso. Llegue temprano al taller...