Por suerte la Casa de la Cultura me quedaba re cerca, mi mamá no me dio pelota, me anoto a lo que ella quiso. Llegue temprano al taller de los lunes, no había mucha gente. Tenía que hacer pis, pregunte en la entrada y me indicaron donde estaba el baño. Justo de camino me encontré una puerta entreabierta, me frene de golpe y vi muchos, muchísimos libros, un chico bajito de rulos abultados leía sentado.
Nunca fui de leer
ni mucho menos, en mi casa teníamos un par de biblias, libros de recetas y
manuales de escuela. Preferí siempre jugar con cosas reales, figuritas o
juguetes si estaba solo, tengo un montón de autitos.
—Hola
¿Querés pasar? —Me pregunto el chico de rulos, al notar que estuve parado
mirando como por tres minutos sin moverme.
No
dije nada, pasé hipnotizado por la cantidad de eso que no conocía, que no tenía.
—…
Si sos estudiante de algún taller, —Repitió el chico de rulos —podes llevarte
dos libros y traerlos cuando termines de leerlos.
Traerlos
de vuelta, pero son muy lindos, muy sólidos. Alguna razón —que todavía no entiendo,
o no conozco— tiene que haber para que la gente inteligente tenga tantos libros
¿No?
El chico de rulos
volvió a su lectura, con cara de pocos amigos, la misma que ponen mis
compañeros cuando encuentran un lápiz suyo, un sacapuntas o uno de sus
muñequitos en mi mochila. Me quedé observando las repisas minuciosamente y
empezando a calcular. Ya tenía elegidos cinco libros, uno por su tamaño, dos por sus dibujos, otro
por lo nuevo que se veía y, el último, por lo viejo. Fui sacando y poniendo,
moviendo y desordenando, el truco estaba en el caos.
Me
di la vuelta y salí, caminando de forma torpe, llevaba libros entre la remera y
el pantalón y el más chiquito en el calzón.
—Tengo
que ir al baño —Mentí.
Con
el fabuloso botín me fui a mi casa, le dije a mi mamá que la clase se había
suspendido, me encerré en mi habitación y contemplé mis nuevos libros. No
sabía si iba a leerlos, nunca fui de leer mucho, pero ahora eran míos. Míos.
Varias
veces fui a esa biblioteca, más de una vez repetí la misma rutina. Ese año pase
de tener cero a veinticuatro libros. Empecé a leerlos, encontré que al final, me
resultaron interesantes. Fue en ese momento donde mi ambición, en conjunto con
mi edad, creció. Visité bibliotecas más grandes, mucho más amplias, con mejores catálogos
y mucho más vigiladas. Al terminar la secundaria en mi posesión contaba con la
cantidad desorbitante de cuatrocientos quince libros. Ni a mi mamá, ni a mis
hermanos les pareció raro eso, solamente pasaba, se camuflaba en la rutina
escolar y familiar de siempre. Comencé a ser más selectivo con los libros, un
hambre voraz por los ensayos surgió.
De
adulto, viviendo solo en un departamento alquilado, repleto de libros y vicios
varios, encontré en ellos mi razón de ser, eso que de niño no entendía.
Radio
10 informa, tras el misterioso fallecimiento del crítico literario argentino más
famoso y galardonado de la historia de nuestro país, la rueda de prensa de la
comisaria 96 encargada de la investigación, ha dado a conocer parte del
peritaje realizado en el último domicilio conocido del occiso en la provincia
de Buenos Aires:
—…Continuando
con la declaración, encontramos en el departamento mencionado, deshabitado por
lo menos hace algunos años, doce mil quinientos ochenta y tres libros. Todos
catalogados por diferentes bibliotecas y dados por extraviados/sustraídos. No
sabemos todavía el carácter de esta nueva evidencia pero no me extrañaría que existiese
un tipo de justicia divina del arte, si es que eso existe… no más preguntas.



