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martes, 13 de enero de 2026

La puerta muerta.

Con veintitantos años y recién graduado Kevin estaría comenzando su carrera laboral con grandes expectativas, excelentes promedios; buena familia; vida social activa; querido por todos con un amplio círculo de amigos,  no había nada fuera de lo convencional o cercano a lo trágico, no debería haber presión alguna sobre su vida. Sin embargo Kevin no era feliz, no sabía explicarlo, ponerlo en palabras o darle sentido dentro de un marco teórico que coincidiera con la lógica y la razón. 

Esperó unos cinco minutos a su pareja Delfina en la entrada del Club Deportivo Tristán Suarez, ella los había anotado a ambos para hacer natación. Después de saludar personas, sonriendo para guardar las apariencias, entró a los baños para prepararse, aprovecho el ruido del agua de la ducha y la intimidad para llorar. Al salir un señor mayor se vestía.

—Buenos días joven, no se ve usted muy bien. —Dijo el anciano sin mirarlo.

—Hola, el agua está un poco fría, tenga cuidado. —Kevin se refregaba de más la cara con su toalla, para disimular sus ojos hinchados.

—Gracias por el aviso, no voy a usarla, me preparo para entrar en la puerta muerta.

Kevin se quedó parado en silencio observando al anciano. Quien sin mirar aún al joven, señalo la última puerta del fondo. Desgastada, sin manija y con mucho oxido, la puerta evidenciaba no haberse usado ni reparado por mucho tiempo.

El anciano se puso de pie y caminó a pasos lentos hacia la desusada puerta.

—Estaba esperando que salgas de la ducha, para que funcione tenés que contarle a alguien más sobre su existencia. No duele. No hay regreso, es como ir a dormir. —El anciano cruzó velozmente perdiéndose en el movimiento. Kevin sin entenderlo del todo se acercó curioso, al abrir la desvencijada puerta, nada, el anciano no estaba. De todas las racionalizaciones, la primera que pasó por la cabeza de Kevin fue la idea de entrar, terminar con su inexplicable sufrimiento y toda su gran mentira, “no duele” quedó como un eco en el húmedo baño del natatorio.

Kevin, acompañado por un lúgubre silencio interrumpido por tímidas gotas rompiéndose en el suelo, volvió a sentarse en los bancos del vestuario. 

Esperando.       

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