Escribo
en una hoja sepia, en un tono extraño, melancólico y alegre, me
invitaba a escribir. ¿Qué escribir? Mi cerebro estaba vacío, ni este día
primaveral o la buena compañía de mi gato son suficientes. Podría recurrir al
vino tibio que se encuentra abandonado sobre la mesa, a los últimos cigarrillos
que sobran en mi bolsillo como último recurso, últimamente son mi única
compañía, ni la luz del día me frecuenta.
Prendí
un cigarrillo y me quedé observando el humo que salía de mi nariz, el flujo
saliente, los dibujos que formaba y la nicotina fluyendo en mi pecho comenzaron
a pintar un mundo peculiar.
… Alguna vez le dije que yo
había sido infeliz. Incapaz de ver más lejos, sin poder escuchar la música a mi
alrededor, las pinturas en las que me movía. El universo que habitaba me estaba
asfixiando, cada color nuevo dejaba una huella imborrable en mi y en mi alma.
Hasta que encontré a una persona extraña, mágica, elocuente e
intrigante, repleta de colores en una paleta de grises, como yo. Empezamos a caminar a la par y a
recorrernos incansablemente. Ahora las artes circundantes no eran símbolos de opresión
sino de oportunidad, los matices desconocidos me demostraban que una vida nueva
era posible…
Mi
mente se situaba en un lugar más oscuro que eso. Me resultaba más atractivo. Al
terminar con mi deber, fuera de la hoja escrita, empecé a cavilar sobre el
vacío. De alguna forma siempre terminaba volviendo al mismo concepto, el vacío
se asemejaba mucho al humo que me rodeaba asfixiante, gris, lento, mortal. No
alcanzaba con justificarlo como una madriguera, un refugio mental, siempre será
una puerta difuminada que volvería a dejarme dentro, donde todo es veneno.
Aunque
siga juntando letras, palabras y signos. Escribir como un intento desesperado
de querer romper algo ya destruido. Aunque mis dedos sangren y el carbón del
lápiz se vuelva color vino, es todo lo que tengo, el único lugar donde algo
tiene sentido, mi única posibilidad de ser, una completa y paradójica
contradicción.
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