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sábado, 7 de octubre de 2023

El diablo y el perro

  Otoño, un frio seco de atardecer griseado caía en el centro de la ciudad, muy pocos pobladores transitaban las calles, muchas chimeneas en arduo funcionamiento. En la entrada de un callejón, justo encima de un tacho de basura, se encontraba el mismísimo diablo, pensativo, curioso, con una expresión divertida, ideando como satisfacer sus inmortales caprichos.

Un perro cruzaba la calle atraído por el olor a pollo viejo y pañales usados que salía de un tacho de basura, olfateaba los olores en el aire con una energía extraordinaria. 

— Hola… ¿no hace mucho frio para estar afuera?— preguntó el diablo al perro, que levanto curiosamente la vista al instante.

— ¿Me hablas a mí?¬. 

— Si, ¿A quién sino?... —. El diablo había estudiado el lenguaje de todos los seres vivos de la tierra. 

— En estos momentos el hambre que tengo hace al frio tolerable— contestó el perro.

— Claro, entiendo… te ayudaría si pudiera, o si tu alma valiera algo… pero no, ni uno ni el otro— las alas del diablo, que eran tan negras como el fondo del oscuro callejón,  se sacudieron. —Ahora dejame tranquilo, tu intrascendente presencia me molesta.

— Perdón pero no puedo irme, mi instinto me dice que estas planeado hacer algo… daño sí, mucho daño—.

El diablo tardo en responder y más aún, de salir del shock — ¿Enserio crees que vos, un perro pulgoso, viejo y mugroso puede hacer algo? ¿Acaso no sabes quién soy?—.

—Me llamo Mapuche, no tengo pulgas, puede que paracitos. No soy tan viejo, recién tengo unos quince años… ¿Vas por ellos no es así?—.

—Pero que inteligente, tus inexistentes dueños deben estar orgullosos de vos. No molestes, mis asuntos no son de tu incumbencia, ni de tu entendimiento.

Ambos volvieron la vista al paisaje gris, personas que pasan sin siquiera notarlos, absortos en sus propios mundos, agonizantes en sus rutinas.

— ¿Ves? Están más que regalados, servidos en bandeja—. El diablo acerca rápidamente su cara a la del perro y le susurra.

—No te das una idea de cómo me divierto con ellos… Llevarme las almas de sus cuerpos muertos me aburrió, harto de eso. Hace un par de cientos de años empecé a usar sus mentes, para hacer mi trabajo más divertido, no lo podrías entender jamás—.

Mapuche estaba entretenido, rasgueando el suelo para calentarlo, se sienta y le responde.

—Intentalo.

El diablo con expresiones siempre soberbias y picaras, respiro profundo, como si lo que estuviera por decir, lo inundara de placer, solo al decirlo.     —Sus sentimientos… Tienen la milenaria costumbre de mal usar sus emociones, pensarlas demasiado, o no pensarlas en lo más mínimo. De todas ellas mi preferida y la que más uso, es el amor. 

La expresión de Mapuche cambio de curiosa a preocupada. —Usar algo tan puro, tan cálido… tan nutritivo.

—Te dije piojoso peludo que no ibas a comprender, tu sistema límbico es demasiado básico e ingenuo, eso que vos consideras amor, no es el amor que yo manejo—. Una sonrisa enorme se dibujó en la cara del diablo, dejando ver dientes perfectos y simétricos, limpios y rozagantes, cargados de emoción por contar algo.

Mapuche recordó en ese momento la familia que tuvo, a su dueña Damila, una niña pequeña amante de los autos y el futbol. Recordó las veces que la acompañaba a la cancha del colegio y era testigo de cómo Damila destacaba entre los varones, que quedaban estupefactos con sus gambetas. Recordó también a Armando y Vanessa, los padres de Damila y los más permisivos de sus travesuras. No podía creer que ellos ya no estén, por culpa de los juegos del diablo. Sentía que su amor, era igual al suyo, puro y claro, real y sustancial, perpetuo e inconmensurable.

—Lamento romper tu fantasía piojoso peludo, pero es mejor así, los humanos malentienden el amor más que cualquier otra cosa, lo romantizan y después terminan por hacer lo opuesto y de las formas más absurdas imaginables—. El diablo hablaba mientras Mapuche volvía su mirada al pasar de las personas por la calle, esperó a que lo mirara otra vez para continuar.  —Mucha aceptación, mucho querer, mucho acompañar, que terminan en celos, en apropiación, en venganza y resentimientos. Guerras se batallaron por amor, uno de mis mejores logros fue gracias a mi trabajo con Paris y Helena. El amor por los dioses también me dieron grandes beneficios, las religiones son una de las fuentes de almas más eficaces, la significancia paralela entre la conquista romántica y la conquista territorial son de las ironía más jugosas. El amor por las ideas, mi historia con Adolf… me cansé de recolectar almas esos años. Como vez mi piojoso peludo amigo, el amor… esa emoción sinónimo de la desesperación, es también un sinónimo de odio y destrucción, el amor tiene hambre de poder, ama más el que más se apropia del otro, los que aman se creen dueños de su identidad y de la de los demás… y es por eso, por esa fragilidad que me entretengo tanto, como nunca antes.

—No te creo, ni por un segundo… mi dueña Damila fue la humana más dulce y tierna que pude conocer alguna vez. No encaja de ninguna forma con lo que me estás diciendo.

—Ei, no me insultes… conozco muy bien mi trabajo, no se perturban las emociones de un día para el otro, justamente en la niñez humana sus sentimientos  están como las de ustedes los animales, impolutas y virginales. Es en el crecimiento humano e iniciación socializadora en donde entro yo, cuanto más influidas, manipuladas y perturbadas estén sus emociones, se vuelven más deliciosas. 

—Dudo que todos los humanos tengan ese entendimiento del amor, sus vida serían muy tristes de ser así… tal vez, de cierta manera, su relación con nosotros sea el modo en el que vos no te salgas con la tuya siempre, ¿No te parece?

El diablo comenzó a carcajearse sin una pizca de vergüenza, por un tiempo bastante exagerado. —Hace mucho muchísimo no me reía así… gracias piojoso peludo.

Las nubes comenzaron a desaparecer del cielo, las estrellas aparecieron brillantes y parpadeantes, una luna inmensa inundó el ambiente de un tono azulado haciendo parecer a Mapuche grande e imponente, el blanco de su pelo absorbía el azul lunar, el diablo lo miraba ahora con recelo, con un leve temor pero no de él, no de Mapuche, sino de lo que acababa de decir. 

Inquieto el diablo volvió a hablar, en un tono increíblemente sereno. —Jamás podrán ver, ni vos ni todos los animales de la tierra, el poder destructivo del amor humano, destruye mentes, almas, vidas, familias, culturas, el amor se destruye constantemente así mismo.

—Te alimentaste a expensas de las emociones por mucho tiempo y claramente no estas satisfecho, no sé si por propia e insaciable gula, o… tal vez lo que dije sea cierto. Tal vez las partecitas más románticas del amor, como la esperanza, la aceptación, el equilibrio, la equidad y el respeto, sean tus peores enemigos. Me alegra ser parte de los guardianes del amor original, nunca vamos a dejar de combatirte. Los animales salvajes, las mascotas y las infancias humanas, más aquellas personas que se resistan a vos, no dejaremos de interrumpir tu inmortal diversión—.

El diablo a cada palabra que el perro decía comenzaba a alterarse, estaba listo para terminar con la vida de Mapuche y llevarse su desvalorada alma. Afortunadamente esas palabras fueron tan drásticas y reales en su imaginario, que dejaron al diablo sin respuesta alguna, sin forma de contraatacar a tan valiente reflexión. 

Después de un minuto de silencio Mapuche volvió la mirada arriba del tacho de basura, para comprobar sorprendido que el diablo ya no estaba. Feliz con lo que logró, de un golpe de sus patas delanteras pudo tirar el tacho de basura al suelo, y de todo lo que salió del tacho tomó la pieza de pollo frito rancia más grande y se la llevó a su escondite, moviendo la cola del mismo modo que lo hacía cuando conoció por primera vez a Damila, enamorándose de ella a primera vista. Un sentimiento tan unísono que dejó mudo al mismísimo astuto diablo.  

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