A días de la segunda edición de la Feria del Libro de Ezeiza, en las cercanías del recién inaugurado Paseo La Trocha, sucedió una conexión de dos eventos aparentemente inconexos, que sacudirían viejas concepciones sobre una de las herramientas simbólicas más trascendentes de la historia humana.
Mario Gaspar Salo, uno de los invitados a dicho evento literario y además ganador del premio Nobel en Literatura, había arribado días antes a Ezeiza, para escribir una presentación como apertura de la Feria.
Su disertación iba a tratar sobre la naturaleza inamovible y sagrada del lenguaje, en la que cualquier tipo de cambio o de variable propuesta por aspectos socioculturales se trataba justamente de una falencia social, de uno de los errores más infravalorados de los esquemas educativos —Escuela pública, claro está— que contaminaban las formas lingüísticas más puras, tan propias de la vasta inteligencia del hombre.
Mario repasaba su discurso en un sorprendentemente cómodo banco de plaza, recientemente instalado, sin compañía alguna más que un par de perros, cuando vio que un hombre adulto se sentaba en un banco frente a él. Saco de gabardina, canas color ceniza, cargaba un libro enorme. El Psyche, de Derrida, pensó Mario.
—Buenos días —saludó el recién llegado—, ¿es usted Gaspar Salo? Mire donde lo vengo a encontrar. ¿Viene a la Feria del Libro de Ezeiza?
—Buenas, sí —respondió Mario, marcando con su dedo índice el reglón de su discurso donde fue interrumpido—, justamente ahora estoy repasando notas. Muy ansioso, la verdad. Por lo que veo, es un asiduo lector. —Con un movimiento de cabeza le señaló el libro—. ¿Podría decirme su nombre?
—Mi nombre es Jacques, y no solo leo incansablemente, también pienso sobre lo que leo, cómo leo, cuándo y demás cuestiones que deberían ser tomadas en cuenta. —Jacques hizo comentarios sobre los últimos libros de Mario Gaspar Salo, ensayos sobre lo indebido de los laboratorios literarios contemporáneos, sobre todo el libro ¿Y por casa como hablamos? que de sus últimas publicaciones es la más crítica hacia los ámbitos sociales del habla.
—Veo que usted conoce mis últimas opiniones. —No era ni la primera ni sería la última vez que a Mario lo increpaban por sus ideas puristas sobre la literatura—. Noto cierta oposición, claro está.
—No es oposición, más bien un cuestionamiento. Oposición seria la postura de algo opuesto, de algo contrario. Como decir que la mentira es opuesta a la verdad... Mi principal cuestionamiento es su concepción de la palabra naturaleza.
—Conjunto de las cosas que existen en el mundo, que se producen o modifican sin intervención del ser humano.
—El lenguaje es, como usted sabe, una herramienta, un conjunto tecnológico, metafísicamente hablando. Asimismo la tecnología es la transformación y manipulación de la naturaleza, cuando la convierte en bienes en pos de lo humano, del progreso o lo que se entienda como tal. Por lo tanto…, tratar al lenguaje como algo natural es totalmente antilingüístico, si se considera al lenguaje no solo como producto sino como parte de la condición humana. Dicha naturaleza recae también en la naturaleza humana, naturaleza que cambia a lo largo del tiempo y de los hechos.
Mario Gaspar Salo dudó, por un segundo tuvo la sensación de que ya había escuchado algo así en uno de los pensadores de antaño, de la materia Filosofía y lingüística, en la carrera de Letras.
—Puede que tenga razón. Pero, dependiendo del punto de vista antropológico del que se posicione y de las raíces de las cuales prefiera aferrarse, hay cierta imposibilidad o resistencia en esas raíces a mutar.
Un par de palomas monteras se posaron sobre el banco de Jacques, quien seguía mirando con el ceño fruncido a su consagrado interlocutor.
—Utilizar teorías darwinistas de la evolución para defender un esquema no-mutable de algo totalmente construido de variables es preocupante. Espero, sinceramente, que vuelva a repasar no solo sus notas… Sus ideas, sus posturas e ideales requieren dejar de ser intempestivas. La historia ha demostrado que la resistencia produce rebelión y que las especies que aceptan el cambio son las que sobreviven.
Mario se quedó observándolo.
—Hay algo en usted que no deja de resultarme familiar… —Mario no podía apartar la mirada del libro que su interlocutor sostenía. Psyche le recordaba a cierto filosofo lingüista del cual la frase nada hay fuera del texto representaba tanto la sustancia de tal filósofo como el dilema propio del momento.
Unos perros comenzaron a pelearse cerca de ellos. Guiado por el tumultuoso matiz de ladridos, Mario buscó el conflicto. Cierto aire a su ciudad natal y su recorrido en la escuela militar se hicieron presentes. Al instante regresó la mirada al frente, y se encontró con el banco vacío. En su mente comenzó a gestarse un sentimiento de culpa y de conflicto, aun seguro de su postura y de sus bordes.
Es entonces el suceso y este cuento, los dos eventos mencionados al principio, son eventos, y al menos uno puede confirmarse. Eventos que proponen una nueva forma de relacionarse con las palabras y todo lo que ellas representan —que, justamente, lo representan todo—. Sea del lado que sea, en donde se posicionen, los cambios son tan innegables como la necesidad del hombre por lo inmutable.
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