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lunes, 13 de junio de 2022

La música de mis recuerdos.

  Tenía tiempo, para mi sorpresa pude hacer los trámites bastante rápido, casi al unísono. Era relativamente temprano, el día se sentía muy agradable, al punto de querer seguir arriba de mi bici zigzagueando, entre el fresco de la sombra y el calorcito energizante del sol. 

  «Tengo un libro en la mochila» recordé y encare por inercia el mejor lugar para leer que se me ocurrió. La plaza de Suarez. punto clave de generaciones de niños, niñas y jóvenes. Lugar de almuerzos, de encuentros pre-clases, de lecturas, de ejercicio. Punto estratégico, panóptico a la inversa, en el que para donde se mire, hay algo; Una escuela, una iglesia, un kiosco, una biblioteca. La cual al verla, una ola de sonidos que ya casi no recordaba, aparecieron en mi cabeza. 

  En el frente del edificio podía leerse con toda claridad: Biblioteca popular Domingo F. Sarmiento. Mientras bajaba con lentitud de mi bicicleta, escuchaba las canciones de lo que hacía tiempo atrás: Salir de clases de la escuela Canale e ir directamente a buscar algún libro en particular. Abrir la puerta que siempre hacia un ruido diferente y ver estantes repletos de libros, acomodados en un orden que, para un niño de once/doce años era un orden perfecto.

 Volvieron a mi esos olores a papel y mentes pensando, esa música casi silenciosa, acompañada por pasos y hojas que pasan, leídas, devoradas. Entonces me senté en un banco color verde en el que justo caía una estela de sol. Saque mi libro de la mochila y antes de comenzar a leer volví a mirar, con todo el respeto y el cariño que pude expresar, en una aparente simple mirada. 

  «¿Por qué deje de venir?» «Debería volver, hacerme socio de nuevo» Esas dos frases entonadas por mi YO interno sonaron como un grito, como si la misma biblioteca me lo hubiese susurrado, invitándome a perderme y encontrarme de nuevo en su interior. Tenía muy claro que ya no necesitaba estrictamente de la biblioteca como en mi niñez. Disfrutaba de esa posibilidad peculiar de conseguir o encontrar cualquier libro que quisiera en distintos formatos, leerlo desde el celular si hacía falta. 

  Aun así pude escuchar desde una parte muy profunda de mí, ese entusiasmo aventurero por saber con qué libro me iba a encontrar, cuantas paginas iba a leer, quien era se señor Borges, que aparecía en el libro que la bibliotecaria estaba leyendo, si había guardado en el guardapolvo los dos pesos para pagar la cuota mensual. Volver a escuchar esas melodías me atormentaron de paz. Una pequeña lagrima empezó a bajar por mi ojo izquierdo, acompañada por la música, de mis recuerdos.

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