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jueves, 21 de abril de 2022

La lluvia de siete días y el gorrión en un árbol seco

  Una frase poco común dice que mientras llueve los pájaros no cantan, se quedan en sus nidos protegiendo a sus huevos o dándose calor entre ellos, que solo salen a cantar próximo a la salida del sol, como un aviso de sequedad. Hoy es cuatro de octubre, séptimo día de una lluvia que no para, por momentos se vuelve torrencial y ventosa, por otros se vuelve delgada y fría, nunca se detiene.

  El servicio meteorológico de Buenos Aires no informa nada al respecto, esquiva el tema sin dar indicio alguno, tal vez los más supersticiosos le crean a él, a ese gorrión que incansablemente sale a cantar todas las tardes, desde el primer día de lluvia se lo vio, en la rama más gruesa del árbol seco, de esos que se ven alrededor de La Rotonda De Las Mujeres, que le dan a Canning un aire de melancolía que se potencia con la lluvia de siete días.

  No se sabe si el pequeño gorrión adora las duchas, si canta de felicidad por amor a la lluvia, si busca a alguien que no regresó. La única prueba, el único indicio es verlo, día a día, entre las cuatro y las cinco de la tarde, cantando en la rama más gruesa de un árbol seco.

  Tal vez la pregunta más sensata con respecto al gorrión, no tenga que ver por sus razones, sino por las nuestras en saber las suyas, la curiosidad humana que racionaliza y estropea los sinsentidos, el caos ordenado del que somos testigos. Llovió siete días porque sí, y el gorrión canta en la rama del árbol más seco porque sí también. La belleza de esta desordenada sucesión de acontecimientos simples pero complejos, es probablemente una de las síntesis más claras de lo abstracto.

  Y qué final más poético se le puede dar a este cuadro vivo natural, cuando este día cuatro de octubre, pasadas las cinco de la tarde no había ni rastros de nuestra pequeña ave en la rama más gruesa del árbol seco de siempre. A eso de las cinco y cuarto, el ruido de la lluvia comenzó a desaparecer, ases de sol empezaron a abrirse paso por las ya muy delgadas nubes, dejándonos ver la espalda mojada del incansable gorrión cantor, junto a un brote de muchos, de la rama más gruesa de su árbol.


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