Un viento frio y húmedo hacia bailar incansablemente el pelo de Camila, ella caminaba trastabillándose y levantando pedazos de tierra escarchada, lo hacía sin rumbo fijo, en búsqueda de cualquier lugar, de cualquier otra persona. A unos 150 metros ve una casa estilo colonial; toda de madera, con techo vivo y evidencias de falta de pintura exterior. Un tipo de viviendas rurales común en Sierra de la ventana, entre Villa Ventana y Saldungaray podría fácilmente encontrarse con este tipo de casas, rodeadas de árboles altos y delgados, calles secas y muchos alambrados. Una especie de llanura entre las altas montañas y el mar.
Camila se acerca lentamente a esa casa, «El chico llamado Sapo no me puede encontrar acá» piensa, mientras palpaba su camisa blanca, comprobando que la sangre que tenía aún estaba húmeda, al intentar pasar por el portón exterior, que a diferencia de la casa estaba mucho más cuidado, golpea su muslo izquierdo y cae al piso, Camila grita de dolor y se agarra con ambas manos su herida pierna, siente los dos cortes y los aprieta para impedir que vuelvan a abrirse, uno era superficial y apenas molestaba, pero el otro, más cercano a su ingle, latía, ardía como fuego.
Una pareja de ancianos, sale por la puerta principal de la casa, curiosos por los gritos que irrumpían su silencio cotidiano, se acercan al origen de los ruidos, encontrándose con la joven muchacha, transformada en un ovillo formado por una camisa de seda, color rojo y tierra de un incesante dolor.
El anciano, que aparentaba una juventud en su carácter distinto al de su físico, dice.
—Mija, ¿que lea sucedido? Levántese que layudamos.
La anciana le da un puntapié, amortiguado por una gastada bombacha de campo y le responde.
—Pero Quique ¿No ve que apenas puede moverse? Levántela y métala a la casa.
«El chico llamado Sapo siempre me dijo que no confiara en nadie… que solo puedo confiar en mi misma, pero ¿qué otra opción tengo?» piensa Camila, ya con menos dolor, mientras el buen anciano la ayudaba a levantarse.
Entraron los tres a la casa, primero la anciana, llamada Griselda, seguida por Camila en brazos del buen Quique. El interior de la casa era aún más austero que el exterior, austero pero no simple. Casi todos los muebles eran de madera similar a la casa, había ollas y baldes apilados, herramientas típicas de huerta que se pueden encontrar en hogares donde se produce lo que se come.
—Tengo que ir... Al pueblo... Los mató, a todos— Lagrimas cargadas de tierra empezaron a caer por la cara de Camila. Los ancianos se miraron por un segundo, Griselda ya tenía un trapo sucio pero húmedo, con el que intentaba sin éxito, limpiar la camisa de la joven, Quique se rasca la cabeza, pensando.
—Pero mija, cálmese un momento, cuente… ¿Cómo es su nombre? Tome un poco de agua y cuente— Quique le acercó un vaso de cerámica con agua fría, Camila se lo tomo sin pausa, y se lo devuelve, «gracias» piensa.
—Me llamo, mi nombre es Camila… soy guía turística… en la ventana. El chico… el chico llamado Sapo los mató, no dejo a ninguno vivo, se reía, lo gozaba y yo… apenas pude escapar— Camila piensa «Me dejó escapar»
—Necesito un teléfono, llamar a la policía, a la guardia municipal, a quien sea.
—No tenemos teléfono aquí, ni luz hay, andamosle viendo a vela y lámpara.
Respondió la anciana mientras leía disimuladamente, el gafete apenas legible que portaba la muchacha (Camila Figueroa- 22 años- Guía femenina Estancia “Los Recovecos”).
Inmediatamente Quique agrega entusiasmado —Yo tengo la chata, te puedo alcanzar a la YPF que está a unos 10 minutos, masmenos.
«El chico llamado Sapo no me puede encontrar acá, estas pobres personas, tengo que salir, irme, cuanto antes» piensa Camila antes de responder —Si por favor, ¿Podría lavarme la cara primero?
—Pero si, mientras la chata calienta el motor, Gri preparale algo de ropa abrigada.
La anciana se dirige a pasos rápidos hacia la única habitación, mientras Quique busca las llaves de su camioneta entre sus herramientas desparramadas por la mesa que daba a la ventana.
Camila se pone de píe y se acerca a una palangana enorme de agua, que probablemente se usa como “lavadero”, había cubiertos lavados a un costado, una toalla manchada de grasa cerca, un pequeño espejo colgado en frente. Mete sus manos temblorosas en el agua, que estaba tibia para su sorpresa.
Camila se mira al espejo. Piensa… «Sapo, no les hagas nada… acá estoy yo, me tenés a mí, te lo pido por lo que más quieras».
El reflejo de Camila en el espejo deja de temblar, se vuelve frio, los ojos de la joven se vuelven saltones y endurecidos, Camila comienza a sacar y meter su lengua, como un TIC involuntario que hasta ahora, no se había visto. Del bolsillo derecho de su pantalón, saca un cuchillo repleto de sangre seca y espesa. El reflejo de Camila en el espejo, se mira a sí misma y dice.
—Hola Cami, te encontré… lo lamento, ellos ya me vieron, no me queda otra opción.
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