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domingo, 12 de octubre de 2025

El mate cocido literario

 Según el servicio meteorológico hoy a la tarde llueve. Me aventuré a salir sin abrigo, mi pastor me había invitado a un evento cerca del municipio al cual, con muchas ansias, decidí asistir. Ezeiza últimamente está en movimiento constante, reparaciones; reformas; arreglos viales se pueden encontrar particularmente en el centro, accionar que derivo en mi equivoca llegada al supuesto evento. En teoría me encontraba en el lugar indicado, había personas, dos muchachos con un micrófono, gente vendiendo comida, lo extraño era un cartel del tamaño de una pared ubicado atrás de los discursantes: Secretaria de cultura del municipio de Ezeiza. 

—Extraño lugar para un evento religioso —pensé, y me senté expectante.

A los cuatro minutos y medio, observando mí alrededor, comprendí que había pifiado el lugar, un Café Literario se estaba anunciando unas sillas por detrás. Tuve la leve idea de levantarme disimuladamente e ir a la salida con cautela, no llamar la atención, pero la charla me resulto suavemente interesante. Conversaban sobre la literatura local y como se relacionaba con un tal Ronaldo Arlt, o Roberto, no escuche bien esa parte. Entre risas, ejemplos concretos, lecturas y experiencias me di cuenta que esa idea de irme casi había desaparecido. No soy una persona lectora, aun así algo inquietante en el conversatorio incitaba a quedarme.

Pasados unos minutos me dio hambre, fui a comprar unos alfajores de chocolates con una estética delicada y llamativa, Reina —Quien preparó y me vendió el alfajor —Me invitó a acompañarlo con una infusión, que podía prepararme yo mismo al lado del puesto. Mi sorpresa llego cuando vi sobre la mesa, al lado de varios vasos descartables, una caja de mate cocidos en saquitos —¿No hay café? —reflexione mientras servía agua más tibia que caliente en uno de los vasos. —Un café literario sin café —. 

De todas formas disfrute de la infusión imprevista, el alfajor impensado y el evento equivocado. —Tal vez, comience a leer— le comenté nerviosamente a Lara Prodan, autora que se vino desde capital a presentar La Gran Niebla que, al igual que yo, por un extraño accidente, concluyo en este viaje inesperado. En mi caso, hacia la literatura.

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