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En
las infancias típicas, la mayoría de los sueños/deseos a lograr/alcanzar,
suelen variar entre lo posible y lo mágico. Qué pasaría si en un determinado
punto de la existencia humana, lo mágico fuese típico. A los seis años de edad,
tuve un sueño en el que me encontraba solo en el mundo, el último ser humano de
la tierra, lo que para mí significaba la única forma de alcanzar la máxima
felicidad. No sabría decir si esto entra en las matices de lo raro en términos
psicológicos. Para clasificar algo como raro hay que empezar por clasificar lo
normal, y claramente nada de mi ser encaja con ese término. Se
podría decir que mi niñez fue de esas causalidades caóticas en las que
convergen y se entrelaza todo lo necesario para cumplir mi deseo del
YO ansioso de soledad.
·
Llegue
a mi adolescencia, de la misma forma extraña que en mi niñez, el universo me
brindó todas las herramientas y las posibilidades para realizarme, de una forma
tan burda y descarada, parecida a una copia exagerada de The Truman
Show. Obtenía los mejores promedios, habilidades innatas en informática, psicohistoria,
ciencias del desarrollo y el aprendizaje, herencia familiar acaudalada. A mis
diecinueve años ya había logrado mucho más de lo que la mayoría podría
imaginar. Y mientras el mundo se encontraba indiferente de mi poder para darle
un orden al caos, yo me encontraba cada vez más hambriento de soledad.
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Con
mi asenso a la adultez, el poder en los niveles más altos de mis facultades,
pude dar inicio a la conclusión de mi propósito. Y con esto vinieron nuevas
inquietudes, pero antes de abordarlas quiero dejar explicito que; solo fui una
herramienta, no soy culpable absoluto del resultado alcanzado por mí mismo.
Sigo firme en creer que el universo me brindo el don del control caótico, el
cual llevó un tiempo aproximado de once meses, a la extinción completa de la
humanidad.
·
En
este punto, ya no creo importante o relevante desarrollar como lo conseguí, mi deseo de soledad fue tan grande que ese segmento
ni siquiera llega a cumplir con las características de una buena anécdota, solo
lo conseguí. Es importante remarcar que fue lo que me iba sucediendo en el
proceso, interconectadas sensaciones muy distintas entre sí, que iban desde la
nostalgia; el goce; la culpa,; el perdón. No sé si hay una palabra que
describa a una persona que borra a toda la humanidad por completo, me viene a
la mente “asesino masivo” pero no estoy tan de acuerdo con ese término, no
fui yo el que actuó, solo maquine los hilos. Identificándome como ermitaño, el
último de ellos, tuve el control completo de la existencia. Comencé a cambiar
el nombre de las cosas, la ética y la moral se transformaron en material
arqueológico. Desarme las costumbres, desintegre la otredad. Me quede por fin
absoluta y felizmente en pasiva soledad.
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Los
últimos y más deliciosos años de mi vida como ser humano llegaron al fin,
fueron estos momentos en los que mi control del orden caótico me pusieron
encima de la pirámide de la existencia. Me llegue a considerar lo más cercano a
un dios, solo cuando me alimentaba categorizaba el alimento, solo cuando me
vestía, le daba a la ropa su razón de existir, una vez que muera, todo lo demás
también se irá con migo. No de forma física, pero sí de forma simbólica. Porque
de eso se trató todo este tiempo. Desprenderme de la subjetividad y de la
objetividad es, para mí, la máxima expresión de poder, en la que los instintos
básicos de preservación, reproducción y supervivencia, puedan desaparecer.
Porque ya en mis últimos momentos ni siquiera fui un ser humano como tal, sin
otro que me identifique, que se relacione con migo, que interactúe.
Alcanzar lograr el verdadero libre albedrio expresado en la falta de eso que
funciona como contraposición de lo otro. Sin amor no hay dolor, sin esperanza
no hay fracasos, sin otros no hay prisión.
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Fue
entonces cuando comencé a terminar de concluirme, cuando decidí dejar mis memorias,
las memorias del último ermitaño, escritas en símbolos imperceptibles para el
mundo natural en el que me encuentro, no es esa su finalidad, no busco con mis
memorias comunicar. Son ellas la última pieza de lo que fue la humanidad. Me
expreso entonces de esta forma ahora, no porque esté a punto de fallecer, e decidido darle fin al lenguaje humano, mientras todavía exista no podré estar
realmente solo. Y con el último punto de este texto podre despedirme de mi
conciencia, mi última compañera, el último vestigio de humanidad que está en
mí, y fuera de mí. Con este acto, concluí mi propósito. Mi destino. Un último
acto humano, que me sumergió en el verdadero, puro y más perpetuo significado
de la soledad.
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